Capítulo 2

El Mártir

El cuerpo se encontraba decúbito supino, fuertemente amarrado con gruesas cuerdas (ya casi deshilachadas por los años) a una especie de altar bajo. Sus huesudos antebrazos, de un marrón oscuro apergaminado, permanecían elevados con los músculos consumidos mostrando aun su tensión original. Sus manos, como las garras de una alimaña, intentaban aferrar algo… algo que hacía siglos que ya no estaba allí, y unas largas uñas de un amarillo casi dorado se curvaban retorcidas, ennegreciéndose hacia los extremos, conformando una estampa de lo más aterradora.

Un tremendo boquete coronaba su cabeza a la altura del hueso frontal. El impacto, propinado sin duda por un objeto contundente que no lograron hallar en la escena, le había atravesado el cráneo de delante hacia atrás por completo.

Y para terminar, esa horrible expresión: la boca abierta de una forma antinatural, en una mueca casi animal, como un lobo rabioso a punto de morder con violencia.

El desorden reinante completaba lo inusual de la estampa: unas velas de color negruzco se mezclaban a cada paso con los pedazos casi irreconocibles de pergaminos deshilachados. Los restos de gruesos tablones de madera y palos ya corroídos por el tiempo crujían bajo los pies en una amalgama de despojos, ocultando casi por completo el suelo húmedo de la sala. La imagen no era, desde luego, la de un lugar de veneración y reposo para sentir a Dios en presencia de un genuino mártir cristiano.

Aquello eran más bien los restos de una escena de lucha y caos, y no costaba imaginar el sonido de las pisadas de hombres a la carrera resonando en los muros de piedra. De hecho, era complicado mantener la mente bajo control y no imaginar cosas mucho peores…

Muerto

Llegas tarde