Capítulo 6
La Verdad
Lo que no dijo el señor Pompidou en aquella histórica comparecencia es que todo se trataba de un engaño orquestado a contrarreloj por su gobierno para tapar a toda costa una realidad tan brutal que jamás debía ser conocida. Por nadie. Nunca.
No hubo manifestantes, no hubo terroristas o alborotadores armados, ni lucha de guerrillas en cada rincón del viejo barrio parisino… hubo algo mucho peor, un horror atávico había sido liberado… una aversión capaz de unir el mundo de los muertos y de los vivos.
En las semanas posteriores tanto el metro como secciones completas del barrio permanecieron cerradas, y cualquier intento por parte de la prensa para indagar en las numerosas lagunas que presentaba el incidente era frenado en seco aduciendo que la “Ley Montmartre” (así se llamó a todo el conjunto de medidas extraordinarias aprobadas para acallar y ocultar todo el suceso) no permitía la intromisión de la prensa para evitar que datos sensibles de la investigación salieran a la luz, perjudicándola.
Por lo tanto nadie vio a los miembros del ejército equipados con trajes especiales recogiendo decenas de cadáveres acribillados. Ni a los científicos militares tomando muestras. Nadie pudo ser testigo de cómo salían del barrio decenas de camiones, aparentemente de reparto, cargados con cuerpos destrozados hacia una dirección desconocida.
Unos días después, el hecho de poner sobre la mesa que entre los “manifestantes” no hubo ni un solo herido, solo víctimas mortales, o que la gran mayoría era gente completamente ajena a movimientos sindicales, con vidas estables y trabajos bien remunerados, cuyo perfil estaba en las antípodas de lo que el gobierno afirmaba, o que a las familias aun no se les habían devuelto los restos mortales de sus parientes aduciendo la complejidad del proceso de identificación, terminó con decenas de periodistas y familiares detenidos. La represión era evidente.
De hecho, a las familias de los fallecidos les llegó, más tarde, un complejo documento legal en el que se les eximía del pago de cifras millonarias al estado en concepto de daños causados, si tenían a bien no emprender ningún tipo de acción legal o realizar declaración alguna sobre lo sucedido. Al contrario, se les informaba de que una importante cifra de dinero se les ingresaría inmediatamente a modo de compensación por el mal estado en el que se les devolverían los restos mortales de sus parientes debido a un incendio que arrasó la estación de metro en pleno disturbio. Tanto es así que no podrían abrir, bajo ningún concepto, los ataúdes correspondientes, que vendrían, de hecho, sellados.
Pero pronto el foco de atención se dirigió oportunamente a otros asuntos… el conveniente escándalo sexual del líder de la oposición, la guerra en una colonia, o el evento deportivo de turno terminaron de silenciar con la complicidad del aparato estatal al completo aquel fin de semana de terror.

