Capítulo 7

El trato

La madrugada era fría y húmeda aquel jueves de febrero cuando el tren de mercancías especiales cruzó sin parar la estación de Canfranc dirección sur. Los enormes contenedores estaban pintados de negro mate y no llevan distintivo alguno. El convoy viajaría sin realizar ni una sola parada durante horas, ante la curiosa mirada de algún paisano.

Oficialmente, procedía de la Central Nuclear de Brennilis, en el noroeste de Francia, y su destino era un punto indeterminado de la meseta central, en España.

Dicha travesía era la culminación de un complejo tratado franco-español en el que el régimen apostaba por un aparente aperturismo. No faltaba mucho para la visita de Nixon y Kissinger y era una oportunidad excelente de apuntalar las relaciones con el país vecino. España, interesada en perfeccionar su tecnología nuclear, aceptaba hacerse cargo y almacenar 40 toneladas de residuos radioactivos procedentes de Francia. Mientras, el gobierno de París prometió suministrar información sensible sobre la construcción de centrales nucleares avanzadas así como interceder a su favor ante la ONU.

Naturalmente, dicho tratado era completamente secreto, y la población no debía, bajo ninguna circunstancia saber que España aceptaba, de buen grado, material potencialmente peligroso.

Dos días después, en mitad de Castilla-La Mancha (centro de España) y bajo una lluvia ligera y persistente, el último de los camiones que ahora transportaban los contenedores aparcaba junto a la gigantesca zanja. Aunque la noche era cerrada, una serie de focos instalados en los alrededores iluminaban el conjunto: el terreno había sido excavado a lo largo de unos 100 x 50 metros. La profundidad era de al menos otros 50 metros.

Don Pierre Victor Auger, experto en energía nuclear enviado desde París para hacerse cargo de la misión, con un marcado acento francés, dio las últimas instrucciones a los presentes mientras jugueteaba distraído con un contador Geiger:

  • “Señores, buenas noches. Hagamos este trabajo de la forma que hay que hacerlo. Recuerden que los contenedores no han de sufrir ningún tipo de daño, bajo ninguna circunstancia. Están repletos de material procedente de una central nuclear, y la radiación nos mataría en segundos. Si los contenedores están bien, todo está bien, todos estamos a salvo. Recuerden las instrucciones de seguridad y el orden de cada uno de los contenedores. Cuando todos estén apilados al fondo de esta zanja, han de comenzar a rellenarla con la mezcla que se les indicó. Presten atención, caballeros, y todo irá bien.”

Los trabajos se desarrollaron según lo previsto. A las 48 horas la única huella visible de lo que allí permanecía soterrado eran las marcas en el barro de decenas de vehículos pesados. Las lluvias y la vegetación no tardarían en ocultar cualquier evidencia. El lugar exacto se encontraba en un pequeño valle, rodeado de algunas elevaciones boscosas. Un viejo camino serpenteaba por una ladera y llegaba a una solitaria carretera comarcal. A 4 kilómetros, un pequeño pueblo de gente humilde que jamás se preguntó qué eran aquellas luces que venían del valle dos días antes. A solo dos kilómetros, un imponente lago recortaba el horizonte con un reflejo color plata.

Muerto

Llegas tarde