Capítulo 8

La letra pequeña

El régimen recibió información sensible sobre tecnología nuclear avanzada y, gracias a la intercesión de Francia ante la ONU, España vivía el punto de máxima tolerancia ante las democracias occidentales. Aparentemente era un buen trato. Aparentemente.

Francia no se estaba deshaciendo de 40 toneladas de material radioactivo. Francia se deshacía, para siempre, y lejos de su territorio, de los restos contaminados de 686 cadáveres.

Francia con esta estratagema sellaba bajo toneladas de cemento sus demonios… a miles de kilómetros de distancia.

Durante dos semanas, justo después del brote, los científicos intentaron determinar qué había ocurrido con aquellas personas a las que, simplemente, no se les podía matar si no era destrozando su cerebro. ¿Qué era capaz de hacer que Noëlle Lumiere, una adolescente de 15 años, poseída por una especie de rabia animal fuera capaz de correr 200 metros mientras recibía andanadas de disparos que hubieran podido dejar seco a un rinoceronte, hasta llegar a desmembrar con sus manos desnudas a 2 curtidos soldados? , ¿Qué cojones hizo posible que Charles Piaf, un jubilado de 72 años incapaz de moverse sin su silla de ruedas, arrancase, cegado por una ira incontrolable, la cabeza de un gendarme, después de recibir hasta 6 disparos en el pecho?

Los análisis no aportaron ningún tipo de respuesta científica, sólo más preguntas… La “Ley Montmartre” fue la sentencia del estado al brote de aquel día… el primer clavo en un ataúd de silencio que culminaría con los restos de los infectados a decenas de metros bajo tierra en el centro de España.

Muerto

Llegas tarde